domingo 14 de marzo de 2010

Tesón

Enseñar bien cuesta mucho en todos los sentidos, económica, laboral y personalmente.


A veces tengo que recordar por qué soy profesora y no otra cosa.

Cuando los contenidos son sencillos, son memorísticos llego a clase, suelto la información, interactúo un poco, mando deberes-recordatorios y hago un examen de vaciado mental y ahí se nota también su nivel de vagancia, pero cuando los contenidos son abstractos y necesitan estar encadenados a unos previos y al alumno le falta un eslabón y no lo entiende, te encuentras en una clase de treinta alumnos de los cuales veinte tienen un nivel distinto. Entonces es cuando aflora lo que puedo saber como profesora.

Primero la paciencia, después los múltiples recursos que he acumulado durante años y al final el tiempo.

Son momentos de nerviosismo y un tanto de estrés, ya que debo luchar contra los resoplidos del alumno que no quiere trabajar, el cansancio del padre al oír a su hijo que le “exige mucho”, el desánimo del compañero que ya optó por bajar el nivel, mi familia que se queja que corrijo mucho y paso mucho rato en el cole con los rezagados…

Puedo optar por no dar esos aspectos, ignorarlos o bien buscar fórmulas de renovación pedagógica que den frutos. Eso implica mucho esfuerzo por mi parte y también por la de ellos, tesón, y hay una enorme satisfacción cuando se consigue. También me doy cuenta que hay alumnos que no tiene las mismas capacidades y hay que esperar a que maduren.

No es lo mismo suspender porque no se trabaja o no hay esfuerzo a cuando se suspende porque no se comprende. Mi labor es enseñarles y no solo evaluar.

A veces la culpa es mía.

1 comentarios:

Antonio dijo...

Parece mentira que haya que recordar continuamente esa frase final: "Nuestra misión no es evaluar, es enseñar". Fíjate a ver si todos lo tenemos tan claro, porque me parece que muchos docentes todavía organizan la 'metodología' alrededor de la evaluación y no del aprendizaje.